Origen: Una reflexión (pausada) sobre el atentado terrorista en Londres

Cordón policial en la zona del atentado sucedido en el puente de Westminster, Londres, con el Big Ben de fondo. Jack Taylor/Getty Images24 Marzo 2017 Shaun Riordan

A pesar del shock inicial generado por el atentado, la realidad es que el terrorismo no es la mayor amenaza contra la seguridad y bienestar de los europeos. Ahora más que nunca es necesario tener una mayor perspectiva geopolítica.

El reciente atentado en Londres generó la oleada habitual de indignación moral de todas las corrientes políticas. Se elogió a la policía y las fuerzas de seguridad, como correspondía. Los medios dedicaron a hacer desesperadas especulaciones sobre quién, cómo, qué y por qué, además, de cuáles serían las consecuencias. Ha habido llamamientos a reforzar los poderes de vigilancia de la policía y los servicios de inteligencia. Sin menospreciar la pena y el sufrimiento de las familias de los fallecidos y los heridos, necesitamos tener cierta perspectiva en medio de todas estas emociones.

El terrorismo no es la mayor amenaza contra la seguridad y el bienestar de los europeos en la segunda década del siglo XXI (quizá lo sea para los turcos, los iraquíes o los sirios, pero esa es otra historia). Hay menos atentados terroristas y menos muertes debidas al terrorismo que en los 70 y 80, en pleno apogeo del IRA provisional, ETA, las Brigadas Rojas y Baader-Meinhof. El terrorismo islámico ha matado en el Reino Unido a la mitad de personas que los atentados del IRA solo en la isla de Gran Bretaña (sin contar, ni siquiera, con Irlanda del Norte), y la mayoría de esas víctimas lo fueron en un solo gran atentado. En parte, esto se debe a los esfuerzos de los servicios de seguridad y la existencia de medios de vigilancia más avanzados, que ha hecho que cada vez sea menor la sofisticación de los atentados. Pero también se debe a que la amenaza es menor. En Gran Bretaña, hoy, existen muchas más maneras de morir de muerte no natural que por el terrorismo islámico.

Hay que subrayar esa menor sofisticación de los atentados terroristas islamistas en Europa desde hace un año, aproximadamente. Una vez más, esto se debe, en parte, a los servicios europeos de inteligencia y seguridad, no solo a que el autoproclamado Estado Islámico (también llamado Daesh) haya cambiado de táctica. A esta organización le encantaría que las células que controla directamente siguieran llevando a cabo complejos atentados con armas y bombas. Esas acciones son la mejor propaganda, refuerzan más la moral de los combatientes del Estado Islámico en Irak y Siria y crean más terror en las sociedades occidentales. Pero da la impresión de que, en estos momentos, no tiene la capacidad de hacerlo. Por eso ahora vemos más atentados rudimentarios cometidos por individuos que tienen poco o ningún contacto directo con Daesh, y que, si bien se lo ponen muy difícil a los servicios de seguridad, no causan unas matanzas tan terribles ni con tantas víctimas (el horror de Niza es una excepción).

No cabe duda de que a la policía y los servicios de seguridad les interesa resaltar el peligro del terrorismo islámico, porque les da justificación para aumentar sus presupuestos y sus plantillas (es curioso que el terrorismo no fuera una preocupación de los servicios de seguridad mientras pudieron justificar su existencia por la Guerra Fría). Les permite tratar de obtener autorización para vigilarnos cada vez más, tanto si de verdad es necesario como si no. Hace mucho aprendí que, en Whitehall, “seguridad” es la palabra mágica que puede servir para justificar u obtener prácticamente de todo. Parece extraordinario que la policía y los servicios de seguridad tengan unos poderes de vigilancia más amplios y más invasivos que en los 70 y 80, en el peor momento de la campaña del IRA provisional en las islas y en plena Guerra Fría contra la Unión Soviética. Y ahora no cabe duda de que pedirán más.

Lo cual tiene dos inconvenientes. En primer lugar, al aumentar la vigilancia y justificarla por el miedo creciente al terrorismo, menoscabamos las libertades de la sociedad que estamos intentando defender. Lo disfracemos como lo disfracemos, aumentar el miedo de la población al terrorismo, como parecen hacer alegremente los medios de comunicación y algunos políticos, agudiza los sentimientos antiislam y alimenta las ideas populistas de extrema derecha. Cuando más ensanchemos la brecha entre las comunidades islámicas y no islámicas en nuestra sociedad, más peligro habrá de inestabilidad social y violencia. Cuanto más utilicemos el miedo al terrorismo para justificar la restricción de unas libertades muy antiguas y que nos ha costado mucho ganar, más se parecerá el gobierno a un tirano digno de Burke.

En segundo lugar, la obsesión con el terrorismo desvía la atención y los recursos de otros peligros más graves para nuestras sociedades, su bienestar y su seguridad. De forma inmediata, vivimos en un mundo de incertidumbres geopolíticas. La conjunción de Donald Trump en Estados Unidos, Vladímir Putin en Rusia, Recep Tayyip Erdogan en Turquía y Xi Jinping en China constituye una amenaza mucho mayor contra nuestro modo de vida y nuestro bienestar económico que cualquier aspirante a yihadista en su triste cuartucho alquilado. La fragmentación de Siria, Irak y Libia, en la que todos hemos tenido que ver, está impulsando la crisis migratoria que a su vez alimenta el populismo de extrema derecha y amenaza con desbordar a los países vecinos. A largo plazo, problemas como el cambio climático y las enfermedades epidémicas son amenazas existenciales mucho más temibles. Sin embargo, parecemos incapaces de elaborar estrategias creíbles y coherentes para afrontar todos estos retos. Es mucho más fácil asustar a los ciudadanos con el terrorismo.

En lugar de llenar Londres de policía armada (que, en teoría, debe tranquilizar a los ciudadanos, pero en la práctica los atemoriza aún más), convocar reuniones de emergencia y debatir nuevas medidas de seguridad, tratemos este atentado como haríamos con un accidente en la autopista: una tragedia para las víctimas y sus familias pero no una verdadera amenaza para la sociedad en su conjunto. Si podemos tomar medidas discretas y sensatas para evitar nuevos accidentes, tomémoslas. Si no, dejemos claro que este es un tipo de suceso que, por desgracia, va a seguir ocurriendo de vez en cuando. Mientras tanto, ocupémonos de otros peligros mucho mayores que existen en el mundo.

Ah, y, por cierto, como alguien más trate de invocar el “espíritu del Blitz” (miles de personas fallecidas en los bombardeos nocturnos)…

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

Advertisements