La antigua élite de Hollywood usaba LSD con fines terapéuticos – VICE

El doctor Albert Hofmann en 2003 (Foto vía)

La antigua élite de Hollywood usaba LSD con fines terapéuticos

MAX METZGER

Oct 23 2014, 1:27pm

El LSD hizo que Cary Grant se imaginara a sí mismo como “un pene gigante que despega de la Tierra como si fuera una nave espacial”

Cary Grant, defensor de las cualidades terapéuticas del LSD (Foto vía)

Mi primera experiencia con el LSD no fue nada agradable. Pasé seis horas mirando fijamente unos insectos en el parque antes de ser interrumpido por un gordo que me llamó estúpido y un tipo que me enseñó fotos de autopsias. Fue duro, aburrido y, además, no adquirí nuevos conocimientos, nadie me reveló los secretos del cosmos; lo único que aprendí fue que ver cadáveres humanos cuando estás colgado de un ácido sólo te hace sentir raro y molesto.

Creo que el problema principal fue haber oído a muchas personas atribuir sus profundos conocimientos sobre el universo al ácido: músicos, escritores, Steve Jobs, un hombre con coleta que conocí en un festival musical y, por muy extraño que parezca, algunas estrellas de la época dorada de Hollywood. De hecho, durante la década de los cincuenta, Hollywood fue tierra fértil para los primeros experimentos del LSD ya que Cary Grant, entre otros, lo utilizaba como ayuda en sesiones terapéuticas.

Albert Hofmann descubrió la sustancia en 1943. Albert experimentaba con hongos mientras trabajaba para los Laboratorios Sandoz en Suiza. Tras 24 intentos de crear un estimulante para el sistema nervioso central, en su intento número 25 finalmente logró sintetizar la dietilamida de ácido lisérgico-25. Cinco años después, absorbió accidentalmente un poco de la sustancia a través de las yemas de los dedos y “percibió una corriente continua de imágenes fantásticas, formas extraordinarias con un juego caleidoscópico de colores”. En su cumpleaños número cien, bautizó su descubrimiento como “medicina para el alma”.

El doctor Albert Hofmann en 2003 (Foto vía)

Los profesionales de la psiquiatría consideraban que el LSD tenía propiedades psicomiméticas, o en términos sencillos, que simulan psicosis. Al principio esta afirmación fue objeto de burla, aunque después surgió la opinión de que se podría experimentar con él, al menos en el ámbito terapéutico. En Reino Unido, la sustancia  se utilizó de forma modesta y en dosis pequeñas en terapia psicolítica, un método para obtener un conocimiento más profundo cuando los pacientes alcanzan un nivel de estabilidad.

El doctor Ben Sessa, psiquiatra y defensor del uso de sustancias psicodélicas en terapia, me dijo: “En EUA surgió un modelo diferente: la ‘terapia psicodélica’. Los pacientes hospitalizados tomaban una única dosis fuerte y tenían una gran experiencia mística, después participaban en sesiones de integración sin drogas en las que analizaban el material resultante de la sesión con drogas”.

Cuando el LSD por fin llegó a EUA, el doctor Oscar Janiger logró hacerse con un cargamento. La empresa seguiría proporcionándole la sustancia a cambio de que la utilizara en sus pacientes e informara a Sandoz sobre todos sus descubrimientos. En el experimento participaron desde dentistas, amas de casa y estudiantes hasta Andre Previn, Aldous Huxley y James Coburn. Todos ellos visitaron a Janiger en busca de un poco de iluminación.

Anaïs Nin visitó a la casa de Janiger y escribió sobre la experiencia en su diario:

“Vi una costa con olas doradas que rompían en polvo dorado sólido y se volvían espuma dorada, cabello dorado que brillaba y se estremecía con deleites de oro. Sentía que podía capturar el secreto de la vida porque el secreto de la vida era la metamorfosis y la transmutación, pero pasó demasiado rápido y no hay palabras para describirlo. El espíritu cómico de Anaïs se burla de las palabras y de ella misma. Oh, no puedo capturar el secreto de la vida con PALABRAS”.

En la época previa a Ken Kesey, el LSD planteaba una pregunta extraña tanto para los loqueros como para los gurús. Podía utilizarse para ayudar a la gente a sentirse normal. Sin embargo, para los que eran conscientes de su potencial, el valor real yacía en cómo podría ayudar a trascender la normalidad. Huxley, Nin, Janiger, etc., eran muy conscientes de ello. Pasaban horas hablando sobre la posibilidad de que la droga tuviera un lugar en la sociedad y reflexionaban sobre el bien que se podría hacer con “tan solo unas cuantas botellas de LSD en la reserva de Beverly Hills”.

Cary Grant en Encadenados (Foto vía)

Janiger comparó sus experiencias con los misterios eleusinos, una ceremonia antigua que se celebraban a las afueras de Atenas. Los participantes bebían algo llamado ciceón (Kykeon), que se creía tenía propiedades alucinógenas, y salían de sus mentes en grupo para honrar a los dioses. El buen doctor se preguntaba si era posible que ese viaje tuviera un lugar en la sociedad dos mil años después. A pesar de que el interés de Janiger era principalmente experimental, las bases clínicas del uso medicinal del LSD siguen siendo bastante firmes. El doctor Sessa no era el único que afirmaba que los psicodélicos son muy útiles para ayudar a tratar los trastornos de ansiedad, obsesivo-compulsivos o de estés postraumático, entre otros. Al menos el doctor Mortimer Hartman estaba de acuerdo con esta teoría.

Después de someterse él mismo a análisis de investigación durante años, Hartman se sentía fascinado por el hecho de que en vez de escarbar la dura capa del ego, el LSD la derrite por completo y abre paso al subconsciente líquido que yace en las profundidades. Hartman dijo que la droga hacía “las emociones y la memoria mil veces más intensas”.

Hartman abrió el instituto psiquiátrico de Beverly Hills y, tras asegurar una línea de suministro por parte de Sandoz, empezó a cobrar cien dólares por una dosis para aliviar los tormentos ocultos a simple vista. Sus pacientes contaban experiencias de transformación de género, renacimiento y revelación. También decían que  se veían a sí mismos como espectadores y actores al mismo tiempo.

Fue Cary Grant, el gran actor de Hollywood, quien demostró más que cualquiera su amor por el LSD. El doctor Hartman acabó asumiendo el papel de carabina. Al principio, Grant acudía a Hartman para averiguar lo que su entonces esposa Betsy Drake había dicho sobre él. Sin embargo, Cary era un neurótico en un pedestal; el sueño de cualquier loquero. Poco después sucumbió a la posibilidad de que el LSD pudiera curar las cosas que lo habían atormentado durante tanto tiempo, lo que el doctor Hartman diagnosticó como “desapego emocional prolongado”.

Pero no podemos culparlo: el padre de Grant internó a su madre en un hospital psiquiátrico cuando Grant apenas tenía nueve años y después le dijo que ella había muerto. Grant se unió al circo al año siguiente cuando su padre lo abandonó para formar una nueva familia. Una mudanza al otro lado del Atlántico y tres matrimonios después, ahí estaba Grant, en 1957, en el diván del doctor Hartman, con los ojos cerrados, probando el LSD por primera vez.

Marc Eliot, biógrafo de Grant, cree que la droga ayudó mucho al actor. “Fue capaz de ‘conectar’ con él mismo por medio de lo que él describía como ‘sueños controlados'”, dijo Eliot. “Creo que el LSD rompió las cerraduras de las puertas de la cárcel en la que había vivido, al menos emocionalmente, si no las de su vida entera”.

Fue el principio de una larga relación entre la droga y el médico.

Las experiencias de Grant transcurrían entre relajadas sesiones psicotrópicas y los horribles viajes de pesadilla que la policía suele describir cuando van a una escuela a dar una charla apocalíptica sobre las drogas.

Durante uno de sus viajes relajados, escribió: “Aprendí muchas cosas en la tranquilidad de esa pequeña habitación. Aprendí a responsabilizarme de mis propias acciones y a culparme a mí y a nadie más por las circunstancias que yo mismo creé. Aprendí que solo soy yo quien se aleja de mi propia felicidad; que podía hacerme mucho más daño que cualquier otra persona”. Durante un mal viaje, dijo: “Todos controlamos inconscientemente nuestro ano. En un sueño de LSD, me cago en toda la alfombra y el suelo. En otro sueño, me imagino que soy un pene gigante que despega de la Tierra como si fuera una nave espacial… Cuando aterrizo, estoy en un mundo de piernas regordetas de bebitos sanos y pañales, con sangre por todas partes, como si estuviera en medio de algún tipo de actividad menstrual”.

Grant se volvió uno de los principales defensores de la droga antes de que se volviera ilegal. Animó a sus amigos y a sus futuras esposas a ingerirla. Concedía entrevistas para las revistas Ladies Home Journal y Good Housekeeping en las que hablaba sobre los efectos transformadores de la droga. Aunque, en una ocasión, las cosas se tornaron un tanto oscuras. Un par de décadas después de su problemático divorcio, Dyan Cannon (la cuarta esposa de Grant) dijo al periódico británico Daily Mail que Grant la había “obligado a ingerir” LSD para convertirla en una “esposa nueva y reluciente que se fusionaría en un solo ser con su esposo sin esfuerzo alguno”.

Timothy Leary en una gira de conferencias en 1969 (Foto por el Dr. Dennis Bogdan, vía)

Algunos dicen que Grant le contó todo sobre la droga a Timothy Leary, quien después divulgó el mensaje por todo el mundo. Sin embargo, el llamado que hizo a todos a que “se sintonizaran en ese canal” no fue del agrado de Janiger y de Huxley; ambos opinaban que el mensaje era demasiado fuerte, ya que la verdad que la droga revelaba era demasiado profunda como para soltarla a una multitud que no estaba preparada.

Timothy Leary en una gira de conferencias en 1969 (Foto por el Dr. Dennis Bogdan, vía)

Con el tiempo, la fiesta llegó a su fin. Cuando el ácido se popularizó, las autoridades se dieron cuenta. Después, el LSD se volvió fácil de conseguir en las calles y fue inevitable que empezaran todas las historias de terror y los chismes.

A principios de la década de los sesenta, la Agencia de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) empezó a vigilar más de cerca al instituto de Beverly Hills y tiempo después obligó a Hartman a cerrarlo en 1962. Debido a la pésima reputación de la droga a ojos de la FDA, los usuarios se vieron obligados a permanecer en la sombra. En el año 1968, la droga ya era ilegal, una pésima decisión, en opinión del doctor Sessa: “Desde entonces, la investigación ha sido muy difícil, la policía se ha visto envuelta en una guerra contra las drogas imposible de ganar, lo que ha beneficiado económicamente a la mafia, ha criminalizado a los consumidores de droga que en otras circunstancias respetan la ley y, lo más importante, ha obstaculizado toda investigación sobre esta clase de sustancias seguras y eficaces”.

Mortimer Hartman ya se había ido de California por aquel entonces y Oscar Janiger había dejado su profesión y sus estudios en cuanto el gobierno comenzó a investigarlo. Cary Grant siguió consumiendo la droga, aunque de una manera más discreta, y en su testamento dejó diez mil dólares a su “sabio mahatma” (el doctor Hartman).

Quizá las sustancias psicodélicas aún tengan mucho que ofrecernos. “Los tratamientos tradicionales con fármacos [es decir, los antidepresivos] en general sólo enmascaran los síntomas”, dijo el doctor Sessa. “En este sentido, las drogas psicodélicas pueden utilizarse como herramientas para abrir paso a una vía más profunda, más centrada y más efectiva para ayudar a los pacientes a explorar sus problemas con sus terapeutas… estas drogas permiten que la persona reflexione sobre cuestiones existenciales. Esto puede ser muy útil, por ejemplo, en casos de drogadicción e incluso en trastornos de personalidad, en los que el paciente puede obtener beneficios cuando se le da la oportunidad de enfrentarse a patrones de comportamiento rígidos y arraigados de sistemas negativos de creencias muy firmes”.

Pero las cosas están cambiando. En 2012, un análisis de estudios realizados en las décadas de los cincuenta y los sesenta demostró lo útil que es la droga para tratar el alcoholismo. Este año se publicaron dos artículos sobre los efectos del LSD. Cabe señalar que no se había publicado nada desde la década de los setenta. Así que, quizá no falte mucho para que sepamos de qué hablaba Cary.

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