Origen: Vox y Brüning – Àngel Ferrero | Sin Permiso

¿Cómo se puede estudiar, y en última instancia combatir, aquello que no se conoce bien? Para matar al bicho tienes que entender al bicho.

Ahora que tanto se cita –y en ocasiones tan mal, y tan interesadamente– el trágico destino de la República de Weimar como advertencia, acaso no esté de más recordar un capítulo que sucedió en el año anterior a su debacle. En abril de 1932 el director de propaganda del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), Joseph Goebbels, desafió al entonces canciller, Heinrich Brüning, a un debate en el Palacio de Deportes de Berlín como parte de la campaña de las elecciones de julio. Brüning, que mantenía una relación tensa con los nazis y recelaba de la elocuencia de su rival, declinó la oferta. Sin embargo, Goebbels mantuvo el anuncio y continuó con la organización del evento. Cuando llegó el día del esperado debate, el público observó atónito cómo Goebbels entraba en solitario en el auditorio acompañado de sus ayudantes, que cargaban con unas pesadas maletas. Acto seguido, afirmó que, aunque el canciller había renunciado al duelo, eso no importaba porque lo había traído consigo en esas maletas. “¡Aquí tengo al señor Brüning, o al menos todo lo que importa de él!” Murmullos… expectación… Los ayudantes abren las maletas. De ellas extraen varios discos. Goebbels había mandado grabar un discurso de Brüning días atrás, que se dedicó a reproducir y detener a voluntad aquel día, contestando y comentando mordazmente las palabras del canciller, sin que éste pudiese defenderse. El ardid de Goebbels fue por descontado un éxito. “Ahora, anestesiados por la multitud de macroestímulos mediáticos, nos parecerá quizá una nadería”, escribe Miguel Ibáñez en pOp cOntrOl, “pero por entonces, aún mediáticamente vírgenes, el efecto del montaje sobre la masa asistente debió de ser anímicamente atómico.”

La anécdota trasciende el marco histórico. Estos días de campaña se ha debatido mucho –en las redes sociales, pero no sólo– sobre cómo los medios de comunicación deben tratar a los partidos de ultraderecha en ascenso, en particular a Vox. Una corriente de opinión bastante extendida argumenta que hay que ignorar su mensaje y privar a estos partidos de presencia en los medios para evitar su crecimiento y negarles la condición de interlocutor válido. La propuesta no carece de base. Ciertamente, la estrategia electoral de Vox consiste en no poca medida en contaminar el flujo informativo, por una parte, y ganar acceso a unos medios de comunicación que, de otro modo, no le dedicarían tanto espacio, por la otra, y así, en última instancia, que sean los medios quienes hagan campaña por ellos. El pseudodebate en torno a la legalización del uso de armas de fuego que tuvo lugar hace unos días es un buen ejemplo de cómo desde este espacio político se lanzan evidentes provocaciones para abrirse hueco en la agenda mediática. Es una estrategia probada que utilizó como es sabido Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2016. Las grandes cadenas de televisión, atraídas por los índices de audiencia que las escandalosas declaraciones de Trump les proporcionaban, acabaron regalándole valiosas horas de antena que el magnate inmobiliario no desaprovechó. (Suponiendo que su desproporcionada exposición mediática no obedezca, como han señalado algunos comentaristas tanto en el caso español como en el estadounidense, a una táctica electoral para aumentar la percepción de amenaza y poder apelar así al voto útil para el partido en el poder).

Aunque aparecer en los medios de comunicación puede contribuir sin duda a la normalización de estos partidos, al presentarse como una opción más de entre las existentes, quienes proponen esta medida deberán demostrar la causalidad entre la presencia en los medios y el avance electoral de este tipo de formaciones, y hacerlo sin recurrir a obsoletas teorías de la comunicación como la llamada del émbolo o aguja hipodérmica, que considera que los receptores de un mensaje de los medios de comunicación lo aceptan sin más, como si éstos no estuvieran capacitados de razón crítica. Por supuesto, quienes acostumbran a defender tales argumentos nunca se incluyen a sí mismos en la definición de ese público crédulo. Añádase la contradicción performativa que suponen todos los mensajes que reclaman que “no hablemos de Vox” y que se cuentan por cientos, hablando, en efecto, de Vox para pedir que no se hable de Vox.

Hace más de diez años, en 2008, recordaba Daniel Raventós en un artículo para Sin Permiso que “las ideas se desarrollan en realidades socioeconómicas determinadas” y, citando a Noam Chomsky, criticaba “la grosería argumentativa y teórica que supone no tener en cuenta la realidad social a la hora de analizar las ideas”. “Solamente académicos poco avispados, que son multitud, pueden seguir hoy con esta vulgaridad”, apostillaba. A pesar de la existencia de factores culturales –como la xenofobia– presentes en el voto a este tipo de formaciones que son independientes a las condiciones materiales, impedir que éstas se den ayuda notablemente a impedir que tengan un campo fértil para su crecimiento.

“El derecho no es la moral”, apuntaba Daniel Raventós en su artículo. “Hay ideas y opiniones que sin duda nos parecen escandalosas, peligrosas, odiosas, mentirosas o tenebrosas”, continuaba al agregar que el hecho de que estas ideas “nos merezcan esta opinión, seguramente muy justificada, no es razón para quererlas prohibir.” Finalmente, señalaba una razón de tipo técnico: “Si se censura a X, pero se autoriza a a defender la libertad de expresión, será difícil que las opiniones de no sean conocidas. ¿Debe censurarse entonces a también? Hecho. Pero entonces aparece que admite que se condene a X, pero considera que debe poder expresarse. ¿Debe censurarse entonces a también? Hecho. Pero entonces aparece. Etcétera.” En este contexto, la resucitada “paradoja de la tolerancia” de Karl Popper llama poderosamente la atención. Ésta ha sido vulgarizada en redes sociales por medio de una ilustración de Pictoline que ha tenido una considerable difusión –curiosamente entre usuarios de izquierda sobre todo–, obviando no ya que el filósofo consideraba la supresión de tales opiniones como un último recurso para garantizar la auto-preservación de una sociedad, sino que el autor exponía la paradoja en un libro en el que presentaba al socialismo de raíz marxista como “enemigo de la sociedad abierta” y “totalitario”, y al que, en consecuencia, sería aplicable la medida.

Aunque la televisión sigue siendo el principal medio de comunicación por el que se informa la población occidental, hay que tener además en cuenta la aparición de las nuevas tecnologías de la comunicación, sobre todo las redes sociales y los servicios de mensajería de telefonía móvil. Si los medios de comunicación tradicionales deciden dar la espalda a la ultraderecha, ésta hará como Goebbels con Brüning y recurrirá a estos canales para difundir su discurso, sin la posibilidad de que el resto de fuerzas puedan rebatirlo. Conviene destacar que la derecha se ha demostrado últimamente hábil en este campo y en varios países ha sorteado “el cordón sanitario” de los medios de comunicación a través de plataformas como YouTube, redes de blogs y creando otros propios: Breitbart en EE.UU. –del que fue co-fundador Steve Bannon– viene a la mente, pero el espacio político a la derecha de los conservadores en Francia o incluso en España también ha creado su propia constelación de medios afines, que se encargan de distribuir con eficacia los mensajes y apuntalar el discurso de sus referentes políticos con noticias distorsionadas o directamente falsas.

Lo cierto es que no hay atajos ni fórmulas mágicas para frenar el ascenso de la ultraderecha en Europa. Ese fin exige un trabajo político, mucha pedagogía ciudadana y alternativas sólidas. “En el mundo del teatro hay un número de personas, y no pocas, que colgarían de buena gana un letrero en las puertas de su teatro: ‘¡Ninguna entrada para votantes de Alternativa para Alemania!’”, lamentaba hace unos días en una entrevista el dramaturgo alemán Bernd Stegemann. “Si creemos que aquí hacemos teatro y con ello intentamos de algún modo hacer que el mundo sea más ilustrado, amable y civilizado, entonces deberíamos decir lo contrario: ‘¡Entrada libre para votantes de AfD!’”, añadía Stegemann. “Entonces viene la indignación”, seguía, “el lema ‘Fuera nazis’ suena muy bien, ¿pero cuál es el resultado? Pues que quienes dicen esto se sienten increíblemente valientes y astutos y, a los que se insulta con él, se sienten confirmados en sus prejuicios de que los otros no quieren saber nada de ellos.” Con esto, “la división es cada vez mayor, porque unos se sienten cada vez más reafirmados y justificados en su posición moral y los otros se reafirman en sus prejuicios”. Para Stegemann, “esto no conduce a ninguna parte” y “además, ¿dónde queda ese ‘fuera’? No podemos enviarlos a Suiza o a Holanda.”

Las contradicciones en el discurso de esta nueva derecha radical a rebatir no son pocas: defienden la soberanía nacional y, al mismo tiempo, las bases de la OTAN que son una cesión de esa soberanía, defienden la familia tradicional y, a la vez, políticas económicas neoliberales que provocan la desintegración de las existentes y la imposibilidad de formar otras nuevas, y así sucesivamente. El apagón informativo no va a resolver el problema: sólo va a impedir verlo. De ahí, en buena medida y como los propios medios reconocieron después, los dos “cisnes negros” de 2016: el brexit y Donald Trump. Por otra parte, ¿cómo se puede conocer, estudiar y en última instancia combatir aquello que no se conoce bien? En el peor de los escenarios posibles el resultado viene a asemejarse a la experiencia de aquellos espectadores de cine que, viendo una película de terror, se tapan los ojos para no ver el asesinato: ocurre igualmente. Hay una frase de Starship Troopers de Robert Heinlein que lo resume bien: “Para matar al bicho tienes que entender al bicho.”

es miembro del comité de redacción de Sin Permiso.